LA MEDIDA DEL TIEMPO, ORIGEN Y DESTINO

La primera descripción técnica importante que tenemos de los relojes la encontramos en el libro IX, del De Architecture de Vitruvio, es importante destacar la ausencia de los relojes en el libro X, dedicado exclusivamente a las máquinas y su incorporación en los temas cosmológicos en el libro IX.

Define la máquina como un “conjunto de piezas de madera que permite mover grandes pesos”, restringido al mundo de la mecánica, destacando su utilidad práctica a la hora de reducir esfuerzos.

El reloj, en cambio, no busca disminuir esfuerzos en un mundo ya constituido, sino la posibilidad de recoger los frutos maduros en él. El movimiento de las máquinas tiene como analogía el movimiento del cosmos, la regularidad del cual hace posible la orientación humana en la tierra en lo que respecta a la alimentación (agricultura).

El más antiguo y original conocido, es el reloj solar (gnomon), una estaca o bastón clavado sobre el suelo que proyecta una sombra determinada según la hora del día en que nos encontremos. Evans-Pritchard, en su estudio sobre los Nuer, muestra una buena cantidad de ejemplos de temporalidad cronométrica no basadas en el modelo gnomónico y que el mismo denomina como (reloj-ganado). ”Volveré a la hora de ordeñar”, “Saldré cuando vuelvan las crías”, ”Los bueyes han salido a pastar”, estas referencias se pueden traducir a nuestra cronometría como, “Son aproximadamente las 6:15”. En Madagascar, una cocción de arroz designa media hora. Todos estos ejemplos de temporalidad cronométrica, indican la dificultad para separar el tiempo de los actos, que en él ocurren.

Las ventajas proporcionadas por el sistema gnomónico respecto al resto de sistemas, son aquellos que tienen que ver con la observación de los cielos, permitiendo la medida de las horas terrestres con vistas a medir aspectos como la duración desigual de las horas, durante las estaciones a lo largo del Año, fijación de puntos en el ciclo anual (equinoccio de primavera, etc.).

El pensamiento cronométrico de la antigüedad, constituido sobre la base gnomónica, no es suficiente para consolidar el mundo por el mismo, para ordenarlo, para controlarlo. El mejoramiento técnico de las clepsidras o relojes de agua, permitía, desde el s. I a.C, una medida aceptable de las horas nocturnas. Esto posibilitaba ya, la homogeneización de la medida entre las horas diurnas y nocturnas en el establecimiento de 24 horas iguales, a pesar de esta capacidad, el Día y la Noche fueron regiones no homogeneizadas hasta la Edad Media.

Un buen ejemplo, la Torre de los Vientos, posiblemente el reloj más importante de Grecia en su historia antigua, s. I a.C. Es el primer sistema en combinar relojes de sol y relojes de agua, con el objetivo de reflejar el paso del tiempo en los días nublados o con el cielo cubierto. La igualdad de las horas del reloj de agua es precisamente la ventaja, que podría haber aportado al reloj solar, estableciendo las marcas que dividen el día en horas iguales y abstractas y no como horas fluctuantes según las estaciones.

Pero la unificación de las horas de Día y las horas de Noche en un continuo abstracto no llegó hasta mucho más tarde, a pesar de que el reloj de la Torre de los Vientos, técnicamente, ya lo permitía. 

La temporalidad cronométrica pura, independiente del reloj solar (calendario), aparece con el reloj mecánico, cuando establece un tiempo absolutamente independiente de los ciclos naturales dinámicos.

El reloj mecánico, es durante la Edad Media una máquina que dispone de tres elementos, una corona, una varita y un “foliot”; este sistema, permite un flujo de movimiento continuo e independiente de fuentes de energía externas. La única novedad que este sistema aporta respecto a sistemas anteriores es la incorporación del “foliot” o mecanismo de escape.

Los primeros relojes mecánicos, en los que se encuentra incorporado un mecanismo entero de escape son, los de Richard de Wallingford y el de Giovanni Dondi, en 1343 y  1364 respectivamente. Es importante destacar la existencia previa a dichas fechas del  mecanismo, de hecho estos relojes no destacan por ello, la medida del tiempo igual, es incidental en ellos, ambos relojes son mucho antes representaciones del cosmos que cronómetros, el nombre que reciben es “reloj planetario” (Dondi) y “ reloj astronómico” (Wallingford).

El reloj mecánico y el mecanismo de escape (cronómetro terrestre) que lo posibilita, serían impensables sin una nueva comprensión del ser, a partir del cual fuera posible homogeneizar en un continuo abstracto toda la diversidad de ritmos del mundo. Se produce una ruptura con la comprensión del ser anterior, que ya disponía desde hace muchos siglos de los medios técnicos para homogeneizar el tiempo, recuérdese la Torre de los Vientos, pero le faltaba la comprensión del ser necesaria.

La cronometría exhaustiva terrestre no se manifiesta todavía en la situación vital de los hombres del s. XIV que la crearon. La pregunta es, ¿Cuándo nace la comprensión de la cronometría exhaustiva terrestre, independiente de los cielos? La respuesta no puede ser más paradoja, esta no nace en la Tierra firme sino en el Mar, en el ámbito de la navegación transoceánica. Es el momento donde nace la necesidad de exactitud temporal, inexistente en los relojes mecánicos hasta la fecha.

El origen de la exactitud cronométrica, nada tiene que ver con un deseo de precisión y medida de los acontecimientos, en el vivir humano. El primer cronómetro más o menos exacto fue creado en 1759 (H., por el carpintero y relojero John Harrison.

Debido a los naufragios en las costas del norte de Europa durante los siglos XVII Y XVIII, por los errores de fijación, la reina Ana de Inglaterra, convoca un concurso para calcular la longitud en alta mar con una precisión de medio grado, esa solución dio origen al primer cronómetro.

Con la respuesta al problema de la longitud se entiende, por fin, la importancia de la medida del tiempo respecto a la orientación en el espacio.

El problema de la localización en alta mar, se manifiesta cuando el seguimiento de la línea de costa, la brújula y los cielos es insuficiente. Las cartas portulanas (enorme acumulación de datos empíricos) son suficientes para la navegación en el mundo conocido, pero no, para el nuevo mundo. La inutilidad de este sistema de navegación para orientarse entre dos puntos del océano carentes de un punto de referencia, es evidente.

El hombre, necesita representar de manera abstracta el espacio y el tiempo, para ampliar las posibilidades humanas de hacer frente a estas realidades amundanas vinculadas a la indeterminación y la neutralidad.

La representación abstracta del espacio, según la cuadrícula de meridianos y paralelos, descrita en el siglo II Geographia por Ptolomeo, es la que utilizan como sistema de referencia y de orientación los barcos que se atrevían a surcar los océanos lejos de la Tierra. La determinación de la Latitud (ubicación en el eje Norte-Sur) es relativamente sencilla y conocida desde la Antigüedad, sin embargo la determinación de la Longitud (ubicación en el eje Este-Oeste) no culmina en ningún límite natural, como la Latitud (Polo Norte, Polo Sur y El Ecuador).

La única posibilidad de orientarse en la longitud, debido a su carácter indeterminado de la posición que buscamos, es determinar el espacio como una función de tiempo, es decir, si la Tierra tarda 24 horas en girar sobre sí misma (360 grados), cada hora rota 15 grados de longitud, por lo que podemos determinar, cada grado de longitud como 4 minutos. Es en el contexto del problema de la longitud, cuando los cielos pierden la capacidad en la determinación del tiempo, por primera vez los cielos carecen de utilidad.

El primer reloj exacto nace en la determinación de la longitud, es decir, es  el problema de la orientación humana en lo indeterminado del espacio, la victoria humana contra una de las últimas figuras de la neutralidad caótica primordial, el mar.

El hombre sólo se hace a la mar a partir de un mundo natural terrestre suficientemente constituido y dominado, con el objetivo de hacer nuevo mundo, es decir, convertir en mundo lo categóricamente extraño y caótico de lo desconocido.

La extracción de la exactitud cronométrica respecto a su genética marina y su posterior incorporación al mundo terrestre, genera un absoluto cambio significativo en la esencia de esta. Los relojes exactos se vuelven un problema en la medida en que se convierten en agentes del orden.

Ahora, es el hombre el que se desplaza cada vez más velozmente, el que necesita fijar el tiempo tanto en el punto de salida como en el de llegada, respecto al tiempo de su desplazamiento. La relación espacio-tiempo se modifica absolutamente, se pasa de la determinación temporal para fijar un punto en el espacio marítimo a fijar el tiempo en función de los distintos puntos terrestres.

La única solución, para aliviar el daño generado por la incorporación de la exactitud cronométrica en tierra, es la unificación temporal. Es el ingeniero del ferrocarril Standford Fleming el que propone dicha teoría en 1884, en la Conferencia Internacional sobre el Meridiano, donde saldrá la propuesta de unificación de usos horarios a partir del meridiano de Greenwich.

El hombre, lenta pero continuamente “gana tiempo en el desplazamiento”, esta expresión, no se refiere a los avances en la capacidad de recorrer más distancia en menos tiempo, sino, en el sentido de que cada vez pasa más tiempo desplazándose. El hombre que se desplaza no está, propiamente, en el hogar, tampoco trabajando ni está de fiesta, está en un no-lugar y en un no-tiempo.

El desplazamiento genera nuevos lugares y nuevos tiempos, muy distintos de los conocidos de los lugares y tiempos del viejo mundo.

El mundo fluctuante y móvil de hoy, donde el hombre, ya no está inmóvil en un único y preciso lugar, sino, que se desplaza continuamente, los no-tiempos y no-lugares aparecen como un nuevo campo de habitabilidad.

Ha llegado el momento de superar la comprensión vulgar del tiempo, el concepto aristotélico del tiempo, tal y como la encontramos en la física: (“El tiempo es aquello numerado en el movimiento, que se manifiesta en el horizonte de lo anterior y de lo posterior”).

Entonces, ¿qué es el tiempo? ¿qué quiere decir mirar la hora?

Mirar la hora es el tiempo que me queda a mí, el tiempo con el que cuento para hacer esto o aquello, es un “tiempo para”; el hombre es pura potencialidad, necesita “contar con el tiempo” para algo, y este “contar” no es, en el sentido de ningún numerar, sino de tenerlo en cuenta, de ser ahí y ahora, es decir, de existir.

¿Por qué se plantea un reloj que no marca la hora?

Eliminar lo numérico del reloj tiene como objetivo incapacitar a este, como agente del orden en el mundo, es decir,  atentar contra el individuo robot u hombre moderno, ese que ya no tiene tiempo para detenerse ante las cosas inútiles, ese que está condenado a convertirse en una máquina sin alma.