ACERCA DE SPIRAX

Observando el mundo actual tan fluido y cambiante donde los avances tecnológicos han alterado nuestra idea del espacio, el significado de la distancia e incluso del tiempo, surge una reflexión acerca de este sistema:

¿Lentitud o Velocidad?

La velocidad nos ayuda a instalarnos en el mundo, si entendemos que la vida es tiempo y la velocidad consiste en reducir el espacio/tiempo.

V=E/T

La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre y el reloj la manera de racionarla. Por todo ello nos encontramos en un mundo adicto a la velocidad y por lo tanto al olvido.

Escribe  Milan Kundera en  La Lentitud (1995):

Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido. Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle. De pronto quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso. Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta, como si quisiera alejarse rápido de lo que, en el tiempo, se encuentra aún demasiado cercano a él. En la matemática existencial, esta experiencia adquiere la forma de dos ecuaciones elementales: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria, el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.

Como antes se ha dicho, la vida es tiempo y el tiempo es innovación, creación, arte... El tiempo es llevar a cabo algo. ”Mirar la hora” va del tiempo que me queda a mí, del tiempo con el que cuento para hacer esto o aquello. Heidegger llama a este ámbito, “el tiempo para (Zeit,um zu…), de ahí, esa expresión tan común, ¡Qué rápido pasa el tiempo cuando estamos ocupados y qué despacio pasa cuando estamos desocupados!

Escribe Kafka en su Diario (Enero de 1922):

Hundimiento, imposibilidad de dormir, imposibilidad de estar despierto, imposibilidad de soportar la vida o, más exactamente, el curso de la vida. Los relojes no coinciden, el reloj interior corre de una manera diabólica o demoníaca o en todo caso inhumana, el reloj exterior sigue su marcha habitual titubeando. Qué otra cosa puede ocurrir sino que esos dos mundos distintos se separen, y se separan o al menos se desgarran horriblemente.

La angustia generada por la falta de acuerdo entre la dirección que toma la propia vida y la marcha regular e indiferente del mundo, la falta de sincronía entre el tiempo público y el tiempo privado. La relación que el hombre moderno mantiene con el tiempo cronométrico, el tiempo del reloj, angustia la vida humana. Todo el mundo, alguna vez, ha sentido la divergencia entre la marcha regular del tiempo público y los ritmos del tiempo privado. Esta relación tan ambigua que el hombre moderno presenta  con el tiempo cronométrico afecta a todos los ámbitos de la vida humana.

Todo parece indicar la necesidad de diferenciación rítmica entre  el tiempo público y el tiempo privado, una nueva comprensión del ser acecha, consciente de que, la vida, como la matemática existencial no debería estar marcada por ningún sistema riguroso, los actos deben marcar el ritmo vital.

Posiblemente, el reloj, es el mecanismo más cruel creado por el hombre, una máquina del tiempo monótona y aburrida, con un ritmo homogéneo y abstracto, que despersonaliza el mundo y marca la muerte desde el origen.

La Hora se ha convertido en la gran tortura del s.XXI.

Decir, pues, que nuestra época necesita superar la anestesia heredada por la técnica, es la gran tarea intelectual de nuestro tiempo.

Intentar la superación del olvido, es todo lo contrario a una frivolidad, es aceptar el tema de nuestro tiempo, es aceptar nuestro destino.

Observad las personas que corren afanosas por las calles. No miran ni a derecha ni a izquierda, con gesto preocupado, los ojos fijos en el suelo como los perros. Se lanzan hacia delante, sin mirar ante sí; recorren maquinalmente el trayecto, conocido de antemano. Así en todas las grandes ciudades del mundo. El hombre moderno universal es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil, no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante.

Muchas veces el empeño que las personas ponen en actividades que parecen absolutamente gratuitas, sin otro fin que el entretenimiento o la satisfacción de resolver un problema difícil, resulta ser esencial en un ámbito que nadie había previsto, con consecuencias de largo alcance. Esto es tan cierto para la poesía y el arte como lo es para la ciencia y la tecnología.

Lo más útil es lo inútil. Pero experimentar lo inútil es lo más difícil para el ser humano actual. En ello se entiende lo “útil” como lo usable prácticamente, inmediatamente para fines técnicos, para lo que consigue algún efecto con el cual pueda hacer negocios y producir. Para el ser humano actual, es cada vez más complicado  sentir interés por cualquier cosa que no implique un uso práctico e inmediato.

El hombre que no entiende la inutilidad se vuelve un esclavo o un robot, se transforma en un ser sufriente, incapaz de reír y gozar.

Escribe Alan Watts en La Sabiduría de la Inseguridad:

Un ejemplo especialmente significativo, es el sometimiento total del ciudadano a los relojes. Un reloj es un instrumento útil para convenir una cita con un amigo, o para ayudar a la gente a trabajar juntos, aunque tales cosas ya se hacían antes de que se inventaran los relojes. No es preciso romper los relojes, simplemente hay que tenerlos en su lugar, y están muy desplazados cuando tratamos de adaptar nuestros ritmos biológicos de alimentación, sueño, trabajo y descanso a su rotación circular uniforme. Nuestra esclavitud bajo ese procedimiento mecánico ha ido tan lejos, y tal es su importancia en nuestra cultura, que hay pocas esperanzas de reforma, pues sin ese sometimiento a las rigideces horarias la civilización se derrumbaría por entero.

No hay duda de que, en el invierno de la conciencia que estamos viviendo, les corresponde a la pasión y la curiosidad, la tarea de transformar la inutilidad en un utilísimo instrumento para superar el olvido.

El reloj de nuestro tiempo, un instrumento con cuerpo mecánico, noble y transparente, sin ataduras ni sometimientos, una máquina hecha a medida, donde el muelle, el volante, las ruedas o los piñones constituyen la extensión visible de nuestro organismo; un corazón espiritual, no marca la hora, marca la vida, late y quilate.

“Tiempo no es el que miden los relojes”